Today’s solemnity might have been “Saints Simon and Saul” if it hadn’t been for some renaming. There are numerous examples from the Bible of people being given new names to indicate their new status in God’s plan of salvation. This practice begins with Abraham, and we see the fruit of that in today’s renaming of Simon as Peter when he makes his great profession of faith in Jesus as Messiah (Christ) and Son of God. Saul, though Acts recounts a significant conversion experience for him, is renamed rather silently by the New Testament. Even though the author of the Acts of the Apostles occasionally slips and still calls him “Saul” after his conversion experience, his new name—most likely intended by the New Testament to differentiate his Christian mission from his life as a Jew—occurs most frequently in Acts, and exclusively in his own letters, as “Paul.” The naming of Peter is reminiscent of our own naming at baptism, when our own faith in Jesus as Christ was proclaimed. Even though most of us never go through a changing of our proper name later in life (though this was characteristic of religious profession for many years), a bit of reflection will help us to discern the ways in which God has called us anew or named us again for our own role in proclaiming the Good News.
TODO ESTÁ EN EL NOMBRE La solemnidad de hoy podría haber sido “Santos Simón y Saúl” si no hubiese existido un cambio de nombre. En la Biblia hay numerosos ejemplos de personas que recibieron un nuevo nombre como una indicación de su nueva situación en el plan de salvación de Dios. Esta costumbre empieza con Abrahán, y vemos sus frutos hoy cuando Simón recibe el nombre de Pedro cuando hace su gran profesión de fe al reconocer a Jesús como Mesías (Cristo) e Hijo de Dios. Saúl recibe más bien silenciosamente su nuevo nombre en el Nuevo Testamento, aunque los Hechos relata su experiencia de conversión. Aunque el autor de los Hechos de los Apóstoles comete ocasionalmente un desliz y lo sigue llamando “Saúl” después de su conversión, el nuevo nombre — más probablemente para diferenciar en el Nuevo Testamento su misión cristiana de su vida como judío — se menciona más frecuentemente en Hechos, y exclusivamente en sus epístolas como “Pablo.” El nuevo nombre de Pedro recuerda un hecho similar en nuestro bautismo, en el que se proclama nuestra fe en Jesucristo. Aunque la mayoría de nosotros nunca se cambia el nombre (aunque por muchos años fue característica de los miembros de comunidades religiosas), un poco de reflexión nos ayudará a discernir las maneras en las que Dios nos invita hace una nueva invitación o nos llama nuevamente a cumplir la misión de proclamar la Buena Nueva.