BUILDING ON 100 YEARS OF SHARING AND CARING
The scripture story of Jesus’ Transfiguration is a standard gospel, as it were, for the second Sunday of Lent, narrated by a different evangelist from year to year. St. Luke wrote the account that draws our attention today. It is significant to hear a story of glory shortly before Jesus enters into the sole purpose and mission of his life: passion, death and resurrection.
The disciples, Peter, James and John, were invited by Jesus to accompany him to Mount Tabor, where Jesus was transfigured before them in the presence of Elijah and Moses. What a great revelation for these three! Peter’s request to build a tent for each of them on this site is understandable. He did not want the vision to end and face the hardship down the road. On the other hand, to be on a “high” like this enables one to endure the heavier events that come into our lives. I am sure many of us can recall the times in life when we found ourselves on a “high” like the disciples and we hoped it would never end.
We do have “small Mount Tabors” when God invites us to create a spiritual space for ourselves amidst the busyness of life. Then God can reveal God’s word to us. That is what occurred in the story of today’s gospel. Jesus and the three disciples, Peter, James and John, withdrew from their ministry—their work—to the mountain where, for some moments, they not only had the luxury of sacred space but were given a glimpse of Jesus in glory. God does the same for us when we take time to be quiet, to be in prayer, to just let God nudge us.
One of the key elements in our time with God is the ability to listen. In the gospel story God is heard saying, “This is my chosen Son; listen to him.” The task of real discipleship is to be in a listening stance before God, to be without tents to shield us from the ups and downs that may cross our paths. Listening to God comes in a variety of ways: in prayer, a word from a friend, or maybe someone in need. It may cause us to move deeper into our hearts to determine what God’s signals are and what Jesus’ words say to us.
For example, we might hear some of the customary sayings of Jesus—feed the hungry, visit the sick, lend to those who cannot repay or resist evil in whatever way we encounter it. We will be moved to incorporate these teachings into our lifestyle. If we truly listen to the movements of God within, if we ponder their meaning, we may reach a deeper level of wisdom about how to be in relationship with God and others. We may know what it is that needs to change in our lives, what we need to let go and how to live differently.
I find that I am somewhat like the disciples who were with Jesus on the mount. It is wonderful to be in this “high.” But when challenges and difficulties come my way, I may feel threatened just as the disciples were when they heard that Jesus was heading for Jerusalem to fulfill the real purpose of his mission on earth. Who wants to face the hardship today that sometimes drifts into life resulting from the responsibilities we bear, such as a parent needing to say no to his or her child, or an administrator-manager telling an employee he or she is laid off?
It is so much easier to be caught into the “high” moments of life which somehow dismiss the ups and downs each of us from day to day. Don’t we often think that the analogy or image of climbing mountains will bring us to God? In reality, it is the other way around. God descends into our lives and comes to us in whatever direction life is taking us. Let God be part of life.
We are beginning the second week of Lent. Perhaps we can ask the question: Where am I on my Lenten journey? Have the determinations I set for myself on Ash Wednesday really taken root in my everyday life? The presence of God that radiated in Jesus in today’s gospel story will also show itself in each of us by how we live, how we are to others and to ourselves.
On this second Sunday of Lent, let us renew our commitment to live life so that others may recognize the face of Jesus. St. Paul says it well in his letter to the Philippians, even though it may sound self-important: “Be imitators of me, and observe those who conduct themselves according to the model you have in us.”
In other words, God’s revelation comes to us through the goodness of others. Can we say this of the faith community of Queen of Angels?
- Father Jim Kaczorowski
“¡Escúchenlo a Él!”
CONSTRUYENDO EN 100 AÑOS DE COMPARTIR Y CUIDAR
La historia de la Transfiguración de Jesús en las Escrituras es un Evangelio regular, por así decirlo, del segundo domingo de cuaresma, narrado por un evangelista diferente de un año a otro. San Lucas escribió la historia que llama nuestra atención hoy. Es significante oír una historia de gloria poco tiempo antes de que Jesús entre en el solo propósito y misión de su vida: pasión, muerte y resurrección.
Los discípulos, Pedro, Santiago y Juan fueron invitados por Jesús a acompañarlo a Monte Tabor donde Jesús fue transfigurado frente a ellos en presencia de Elías y Moisés. ¡Que gran revelación para estos tres! La pregunta de Pedro de construir una tienda para cada uno de ellos en este sitio se entiende. El no quería que la visión terminara y enfrentar las dificultades de más adelante. Por otra parte, para estar en una situación tan emocionante como esta permite que uno pueda soportar los eventos más difíciles que llegan a nuestras vidas. Estoy seguro que muchos de nosotros podemos recordar los tiempos en la vida cuando nos encontrábamos eufóricos como los discípulos y hubiéramos querido que nunca terminara.
Tenemos “pequeños Montes Tabor” cuando Dios nos invita a crear un espacio espiritual para nosotros mismos en medio de lo ocupado de la vida. Entonces Dios nos puede revelar la palabra de Dios. Eso es lo que ocurre en la historia del Evangelio de hoy. Jesús y los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, se retiraron de su ministerio — su trabajo — a la montaña donde, por unos momentos, no solo tuvieron el lujo de estar en espacio sagrado pero pudieron ver a Jesús en su gloria. Dios hace lo mismo por nosotros cuando nos tomamos el tiempo para estar en quietud, en oración, para dejarlo que nos de un empujoncito.
Uno de los elementos clave en nuestro tiempo con Dios es la habilidad de escuchar. En la historia del Evangelio, se le escucha a Dios diciendo, “Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo.” La tarea de ser un verdadero discípulo es de estar en posición de escuchar frente a Dios, de estar sin tiendas que nos cubran de los altibajos que puedan cruzar nuestro camino. Escuchar a Dios viene en una variedad de formas – en oración, una palabra de un amigo o quizás de algún necesitado. Nos puede llevar a mover mas profundamente en nuestros corazones para determinar cuales son las señales de Dios y lo que la palabra de Jesús nos dice.
Por ejemplo, podemos oír algunos de los dichos acostumbrados de Jesús – alimentar al hambriento, visitar al enfermo, prestar a aquellos que no pueden pagar o resistir la maldad en cualquier modo que la encontremos. Se nos moverá a incorporar esas enseñanzas en nuestro estilo de vida. Si escuchamos verdaderamente a los movimientos de Dios dentro de nosotros, si ponderamos su significado, podemos alcanzar un nivel más profundo de sabiduría acerca de estar en una relación con Dios y con los demás. Podremos saber que es lo que necesita cambiar en nuestras vidas, que necesitamos dejar y como vivir de manera diferente.
Encuentro que yo soy un poco como los discípulos que estaban con Jesús en la montaña. Es maravilloso estar en esta euforia. Pero cuando los retos y dificultades pueden venir a mi encuentro, me puedo sentir amenazado, así como los discípulos se sintieron cuando escucharon que Jesús estaba yéndose a Jerusalén a cumplir el real propósito de su misión en la tierra. ¿Quien quiere enfrentar hoy las dificultades que algunas veces llegan en la vida resultando de las responsabilidades que acarreamos, tales como un padre que tiene decir “no” a su hijo o hija, o un administrador o gerente diciéndole a un empleado que ha perdido su trabajo?
Es mucho más fácil ser atrapado en los momentos eufóricos de la vida los cuales de alguna manera no hacen caso de los altibajos de día con día. ¿Acaso no pensamos con frecuencia que la analogía o imagen de ir subiendo las montañas nos llevara a Dios? En realidad es lo opuesto. Dios desciende en nuestras vidas y va con nosotros en cualquier dirección en que la vida nos lleve. Dejen que Dios sea parte de su vida.
Estamos empezando la segunda semana de cuaresma. Quizás podamos hacernos la pregunta: ¿Donde me encuentro en mi jornada de cuaresma? ¿Las determinaciones que me impuse el Miércoles de Ceniza han enraizado en mi vida diaria? La presencia de Dios que radiaba en Jesús en el evangelio de hoy se mostrará en cada uno de nosotros de la manera como vivimos, como somos con los demás y con nosotros mismos.
En este segundo domingo de cuaresma, renovemos nuestro compromiso de vivir la vida de manera que los demás puedan reconocer la cara de Jesús. San Pablo lo dice bien en su carta a los Filipenses, aun cuando pueda sonar auto-importante: “Sean imitadores míos y observen a aquellos quienes se conducen de acuerdo al modelo que tienen en nosotros.” En otras palabras, la revelación de Dios viene a nosotros a través de la bondad de los demás. ¿Podemos decir esto de la comunidad de fe de Reina de los Ángeles?
- Padre Jim Kaczorowski



